Guadalquivir Cautivo

jueves, 19 de noviembre de 2009

Paleontología del sector Orce-Venta Micena (Granada): primeros testimonios de los ecosistemas del Cuaternario ibérico

Paleontología del sector Orce-Venta Micena (Granada): primeros testimonios de los ecosistemas del Cuaternario ibérico

Alfonso Arribas Herrera
Museo Geominero, Instituto Tecnológico Geominero de España. Ríos Rosas, 23. 28003 Madrid.
Paul Palmqvist Barrena
Departamento de Geología y Ecología (Área de Paleontología), Facultad de Ciencias, Universidad de Málaga. 29071 Málaga.
L a comarca de Orce es una región semidesértica, con un paisaje conformado por agrestes cañadas y barrancos de color ocre, embellecidos por tonalidades doradas en el atardecer. Aquí encuentran su hábitat el buitre leonado y el escorpión, mientras la liebre y el zorro, al excavar sus guaridas en la roca, liberan de su largo confinamiento los huesos fósiles pertenecientes a mamíferos pretéritos, exóticos en un lugar tan árido. La configuración actual de estas tierras contrasta profundamente con la que tuvo la comarca hace más de un millón de años, cuando se generaron las rocas que la conforman, pues extensos lagos y pantanos cubrían la zona y diversas especies de mamíferos, hoy día extraños en nuestras latitudes, poblaban estas tierras andaluzas.

Orce y sus dos pedanías, Venta Micena y Fuente Nueva, se conocen bien en la actualidad gracias a su excepcional registro paleontológico y arqueológico. Se localizan en el seno de la depresión de Guadix-Baza, al nordeste de la provincia de Granada, situándose en las proximidades de las poblaciones de Galera y Huéscar. Las serranías de María, La Sagra, Las Estancias y Castril limitan la extensión de esta porción de la cubeta sedimentaria de Baza, donde en 16 km2 se encuentra la mayor concentración de huesos fósiles de mamíferos cuaternarios conocida hasta el momento en el conjunto de Eurasia. Por mucho que se haya oído hablar de lo que estas tierras contienen, en cuanto a su patrimonio geológico e histórico, seguro que es insuficiente y sesgado, ya que su riqueza es tal que difícilmente se puede sintetizar la información obtenida hasta el momento sobre este espectacular conjunto geológico. La sedimentología, la estratigrafía y la geomorfología de la región aún distan mucho de ser conocidas en todos sus detalles, mientras que la paleontología, en un sentido tan amplio como se quiera entender, es el atributo patrimonial que ha hecho que su nombre traspase nuestras fronteras.

El Cuaternario es el período de la historia de la tierra que abarca, aproximadamente, desde hace un millón seiscientos mil años hasta la actualidad. Sus faunas de mamíferos continentales son parcialmente conocidas, pues si bien se sabe con precisión qué animales coexistieron con el hombre de neandertal, hace poco más de 35.000 años, la composición de los ecosistemas anteriores al millón de años sigue siendo, en gran medida, una incógnita, desvelada paulatinamente gracias al patrimonio de la región de Orce y a las investigaciones que allí se han venido realizando durante los últimos años.

Yacimientos paleontológicos: una ventana abierta al paisaje y las faunas del pasado

Las rocas de esta región sedimentaron en pantanos y lagos pretéritos (Vera y colaboradores, 1984). Su configuración durante el Pleistoceno inferior debió ser similar, en lo que a los primeros se refiere, a la de las Tablas de Daimiel, con zonas de margen de pantano cubiertas por cañaverales, en las que deambulaban elefantes e hipopótamos, y con áreas ocupadas por las aguas, libres de vegetación, que se vieron afectadas en numerosas ocasiones por sequías estacionales. Anexo a estos pantanos, marginales en el sistema fluvio-lacustre, se desarrolló un lago extenso pero poco profundo, que en un período concreto de su historia geológica se desecó parcialmente, liberando una extensa superficie de terreno de las aguas, lo que favoreció la implantación de los ecosistemas terrestres. Esta superficie emergida, asociada a numerosas charcas perennes, fue ocupada por una rica y diversa asociación de grandes mamíferos, hoy día ya extinguidos (Arribas, 1999). Los sucesivos cambios en el nivel de base de las aguas condicionaron notablemente la sedimentación en cada uno de los ambientes y, a su vez, determinaron los grupos de organismos que vivieron en cada uno de sus hábitats, ya fueran éstos acuáticos o terrestres. Todo ello potenció la conservación de un registro paleontológico sobre los inicios del Cuaternario que resulta excepcional en Eurasia, donde junto a numerosos yacimientos con presencia de invertebrados fósiles (Anadón y colaboradores, 1987) se han localizado hasta el momento más de 60 emplazamientos que presentan restos fósiles de aquellas especies de mamíferos que habitaban en la zona hace más de un millón de años.

Orce posee dos valores singulares desde el punto de vista del patrimonio geológico. El primero es la información paleontológica, rica y diversa, sobre los ecosistemas de mamíferos del Pleistoceno inferior (desde hace un millón seiscientos mil años hasta hace setecientos ochenta mil años), conservada en sus abundantes yacimientos, entre los que destaca el de Venta Micena, con más de 15.000 restos fósiles recuperados durante poco más de seis meses de excavaciones, efectuadas en el transcurso de 12 años. Su estudio ha mostrado que representan 262 individuos de 19 especies de grandes mamíferos extintas (Palmqvist y colaboradores, 1996a; Arribas y Palmqvist, 1998). El segundo de ellos tiene que ver con nuestros ancestros lejanos, pues en dos yacimientos parcialmente excavados de la comarca, Fuente Nueva-3 y Barranco León-5, se han sacado a la luz conjuntos de utensilios líticos compuestos por más de 100 piezas en cada caso, manufacturadas por los homínidos hace más de un millón de años. En Fuente Nueva-3 las evidencias de actividad humana aparecen asociadas, en el seno de sedimentos de margen de pantano, a numerosos fósiles de megaherbívoros, como elefantes, hipopótamos y rinocerontes (Turq y colaboradores, 1996; Martínez-Navarro y colaboradores, 1997), mientras que en Barranco León-5 las evidencias tecnológicas aparecen en el seno de un conjunto de huesos fósiles de hipopótamos, caballos primitivos y búfalos acuáticos, que fueron transportados y concentrados por un río tributario del sistema de pantanos (Turq y colaboradores, 1996; Arribas, 1999).

La calidad del registro estratigráfico, sumada a la excepcionalidad de su registro paleontológico, ayuda a delimitar la extensión que tendrían los distintos ambientes ecológicos en la región durante los períodos cronológicos que se pueden diferenciar en el Plio-Pleistoceno (Arribas, 1999); es decir, permite vislumbrar la configuración del paisaje y, por otra parte, a identificar la asociación, única hasta el momento en España, de especies de mamíferos continentales que habitó la comarca en los diversos ambientes sedimentarios/ecológicos durante cada intervalo de tiempo concreto.

Ecología del pasado: cuando los ecosistemas ibéricos eran similares a los africanos

Venta Micena, cuya antigüedad se ha cifrado aproximadamente en un millón trescientos mil años, es un yacimiento que fue generado por la actividad de las hienas gigantes de esta época, representadas por la especie Pachycrocuta brevirostris, en uno de los márgenes del lago de Orce cuando éste se desecó parcialmente (Arribas y Palmqvist, 1998). En un paisaje de savana arbustiva, similar al presente actualmente en el valle del rift africano, se desarrolló una comunidad de mamíferos en la que las crías de los elefantes (Mammuthus meridionalis), los hipopótamos (Hippopotamus antiquus) y los rinocerontes de pradera (Stephanorhinus etruscus) eran las presas cazadas preferentemente por los grandes tigres con dientes de sable del género Homotherium (H. latidens), mientras que los caballos jóvenes y adultos (Equus altidens), los grandes bóvidos con hábitos acuáticos (cf. Dmanisibos sp.), los ciervos gigantes (Megaloceros solilhacus) y los restantes rumiantes de talla mediana y pequeña (Praeovibos sp., Soergelia minor, Hemitragus alba y Praedama sp.) eran depredados por los tigres con dientes de sable del género Megantereon (M. whitei) y por los perros salvajes de la especie extinta Canis (Xenocyon) falconeri.

Poner de manifiesto tales evidencias sobre la ecología de una comunidad de mamíferos ya desaparecida representa, ciertamente, una aventura científica única hasta el momento, que sólo fue posible gracias a la calidad excepcional de registro en este yacimiento, en el que la densidad media de huesos fósiles por metro cuadrado, por no hablar ya de las esquirlas óseas, es de aproximademente 50 especímenes, en unas capas que tienen una extensión longitudinal mínima de 2.500 metros (y conviene recordar aquí que cada kilómetro cuadrado representa, en extensión superficial, un millón de metros cuadrados). Esto ha permitido, por primera vez en el ámbito de la paleontología moderna, plantear un modelo de selección de presas para una comunidad fósil de mamíferos, es decir, deducir quién cazaba a quién y cómo (Palmqvist y colaboradores, 1996a).

Los cubiles de hienas son conocidos desde hace más de un siglo en el registro paleontológico europeo, pues las hienas de las cavernas acumularon en el seno de estas cavidades los huesos de gran parte de los animales con los que coexistieron. Ahora bien, lo excepcional del caso de Venta Micena radica en que se trata del cubil de hienas cuaternario más antiguo de los que se conocen en nuestro continente y, además, en que es el único localizado en un yacimiento al aire libre, es decir, conservado in situ en sedimentos producidos en un margen de lago. Las hienas gigantes que habitaron en Eurasia durante este período de tiempo tenían una constitución muy robusta, siendo su tamaño un 20% superior al de las hienas manchadas actuales. Por lo que se sabe hasta el momento, fueron unos animales poco corredores, adaptados específicamente al carroñeo de aquellos ungulados que eran abatidos por los grandes predadores del momento, de tal forma que recolectaban en las llanuras de la región los cadáveres completos de los pequeños herbívoros y los miembros y los cráneos de los grandes rumiantes, concentrando todos estos restos óseos en sus cubiles de Venta Micena. Allí se alimentaban siguiendo patrones específicos de alteración de los huesos, en función de la densidad ósea mineral y del contenido en grasa y en médula de cada una de sus regiones anatómicas (Arribas y Palmqvist, 1998).

La calidad de los fósiles conservados en Venta Micena es tal que incluso ha librado el cráneo más completo conocido del perro salvaje, antepasado de los actuales licaones africanos, Canis (Xenocyon) falconeri. La importancia de este fósil radica no sólo en su excepcional estado de conservación, sino en las anomalías craneales y dentales que presenta este individuo, entre las que se incluyen un acusado grado de asimetría bilateral y la agenesia de determinadas piezas dentarias. Tales características han sido interpretadas, utilizando como modelo de referencia la situación actual de las poblaciones de guepardos sudafricanas, como efecto de la endogamia en el seno de una población que estaba aislada genéticamente del resto de poblaciones europeas de esta especie, lo que pudo llevar a la extinción de dicho cánido salvaje en el margen occidental de Eurasia (Palmqvist y colaboradores, 1999).

Los primeros testimonios del Hombre en Europa occidental: ¿llegaron solos o en compañía de otras especies?

Mucho se ha hablado de la presencia humana en Orce durante los últimos años. Si bien el conocido fragmento craneal de Orce, presuntamente humano para algunos, ha de ser descartado de este análisis puesto que no presenta caracteres anatómicos diagnósticos que resulten suficientemente significativos (ver Palmqvist, 1997), las evidencias arqueológicas descubiertas y estudiadas hasta el momento son tales que permiten afirmar que el hombre habitó en esta comarca andaluza antes que en cualquier otro lugar de Europa occidental (Turq y colaboradores, 1996; Arribas, 1997; Martínez-Navarro y colaboradores, 1997; Arribas, 1999). Ahora bien, la información presente en los yacimientos de la región de Orce, una vez contrastada con los datos paleontológicos y paleobiogeográficos conocidos sobre distintas especies de grandes mamíferos presentes en estas edades en el resto de Eurasia y en África, ha permitido perfilar un nuevo escenario sobre la primera vez en que los seres humanos colonizaron el Viejo Mundo (Arribas y Palmqvist, 1999).

Hasta el momento siempre se había planteado la llegada de los homínidos a Europa como un acontecimiento que sólo les afectó a ellos, planteándose su paleobiogeografía exclusivamente desde la perspectiva de su registro fósil. La nueva perspectiva integra toda la información conocida hasta la actualidad sobre los yacimientos en Eurasia con fósiles humanos o utensilios líticos del Pleistoceno inferior, sobre la cronología del recambio entre las "tecnologías" líticas olduvaiense y achelense en África y en Europa, sobre la presencia de especies de grandes mamíferos de origen africano en Eurasia en estas edades y, especialmente, sobre la relación ecológica que se verificó en el pasado africano entre los tigres con dientes de sable, las hienas gigantes y los seres humanos. El análisis en conjunto de esta amalgama de datos ha permitido plantear la hipótesis de una colonización humana de Europa muy antigua, cifrada entre 1,8 y 1,6 millones de años, en la que el hombre llega a nuestro continente (yacimientos de Dmanisi en Georgia y Orce en España) en el seno de un variado conjunto de grandes mamíferos, originarios como él mismo del continente austral, y en la que los papeles ecológicos desempeñados por los homínidos, las hienas y los grandes felinos se encontrarían íntimamente relacionados (Arribas y Palmqvist, 1999).

En Venta Micena se han descubierto fósiles de mamíferos que se conocían sólo en África hasta su hallazgo en este yacimiento granadino (Martínez-Navarro y Palmqvist, 1995; Martínez-Navarro y colaboradores, 1997; Guerrero y Palmqvist, 1998; Arribas y Palmqvist, 1999; Palmqvist y colaboradores, 1999), que con posterioridad han sido identificados en otros yacimientos ubicados en Grecia y Georgia. La lista de grandes mamíferos africanos que emigran hacia Eurasia hace 1,8-1,6 millones de años está constituida, provisionalmente, por las siguientes especies: un tigre con dientes de sable de talla similar a la del jaguar actual (Megantereon whitei; 100 kg de peso), la hiena gigante (Pachycrocuta brevirostris; 70 kg), el hipopótamo antiguo (Hippopotamus antiquus; 3.000 kg), un équido primitivo similar a las cebras que habitan hoy día en las planicies etíopes (Equus altidens; 355 kg), un gran cercopitécido de hábitos terrestres (Theropithecus oswaldi; 65 kg), el hombre (Homo sp.) y, probablemente también, el perro salvaje (Canis (Xenocyon) falconeri; 30 kg). En los yacimientos de la región de Orce se han encontrado fósiles de todas estas especies o evidencias tecnológicas, como en el caso de los seres humanos, con la única excepción de los representantes del cercopitécido, que han sido descubiertos en la cercana cueva murciana de Cueva Victoria (Gibert y colaboradores, 1995), donde además se encuentra el fósil humano más antiguo de la Península Ibérica (Palmqvist y colaboradores, 1996b), con una edad cifrada en torno al millón de años de antigüedad (Arribas y Palmqvist, 1999).

Así pues, parece ser que los yacimientos de la región de Orce conservan un registro paleontológico, paleobiológico y paleoecológico que resulta único en Eurasia para poder plantear y resolver algunas de las incógnitas más significativas sobre la vida de nuestros antepasados en el pasado más remoto, como integrantes del rico y diverso ecosistema mediterráneo que existía a inicios del Cuaternario.

Patrimonio, en este caso Patrimonio Geológico, que no sólo comprende a los objetos o estructuras, independientemente de la escala a que sean observadas. Patrimonio, y más aún en el caso de los contenidos de la Gea, que es también la información que se puede obtener de dichos objetos naturales, que son resultado de procesos irrepetibles, condicionados por el factor tiempo, del binomio inseparable constituido por las interrelaciones históricas que se han producido entre la biosfera y la litosfera. En el caso de la región de Orce, su patrimonio adquiere dimensiones tan excepcionales y complejas que sólo la investigación científica permitirá aportar luz sobre aquellos acontecimientos geológicos y biológicos ocurridos hace más de un millón de años, que condicionaron la evolución de los mamíferos ibéricos y, con ellos, la de los ecosistemas del Cuaternario.
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